6/5/24

Eloy Tizón: «Mi vida ha estado dominada por el vértigo del lenguaje»

Por Sergi Bellver

Si un tapatío y un catalán decidimos poner en marcha esta revista fue, entre otros motivos, por rebelarnos contra la absurda discordancia entre la calidad literaria y la difusión editorial o mediática de ciertos libros y discursos entre los países de habla hispana, y quizá uno de los casos más paradigmáticos de ese desajuste transnacional sea el del escritor Eloy Tizón (Madrid, 1964). Con Velocidad de los jardines (1992) logró calar en el cuento español de finales del siglo pasado, y su trayectoria a lo largo de tres décadas ―de la que también ha dado testimonio como lector en el ensayo Herido leve (Páginas de Espuma, 2019)― permite asegurar sin ambages que, en lo que llevamos de siglo xxi, Eloy Tizón es uno de los cuentistas de mayor hondura y singularidad poética en nuestra lengua. He tenido el placer de entrevistarle a raíz de Plegaria para pirómanos (Páginas de Espuma, 2023), su nuevo y esperado libro de relatos ―que me llevé de viaje y, casi por «causalidad», pude leer entre Buenos Aires, Perú, Colombia y Ciudad de México―, y la conversación ha derivado en un auto de fe: quizá no «sirvan» para gran cosa en estos tiempos extraños, tan llenos de fuegos fatuos e inquisidores, pero ni la literatura ni la belleza serán jamás en vano.

Sergi Bellver.― «La vida, durante unos cuantos años, me retiró el saludo», cuenta Erizo en «Grafía», el primer relato, para más adelante preguntarse «si lo propio de la literatura» no es «dejarnos levemente insatisfechos». ¿Te dejó de hablar un poco el cuento después de tu anterior libro? ¿Cómo y cuándo regresaron las ganas o los motivos para seguir con vuestra conversación, una década después?

Eloy Tizón.― El cuento ha sido y es mi campamento base. Nunca me he alejado mucho de él. Si hay temporadas en las que permanezco en un segundo plano, eso se debe a que, sencillamente, estoy trabajando en algún nuevo proyecto literario y necesito silencio y concentración. No tengo la menor prisa en publicar. Me gusta tomarme mi tiempo y saborear las etapas intermedias. Hacer pausas. Reflexionar. Si en muchos aspectos de la vida diaria, en casi todos diría yo, conviene ser resolutivo y práctico y atacar los problemas de frente, en cambio la literatura supone el contrapeso, el arte del desvío, la posibilidad de no mirar los relojes ni el calendario, darse el lujo de ser ineficaz en términos de productividad y mercado, para poder salir de esta rueda infernal que nos consume a todos. Por supuesto que la vida, algunas temporadas, nos retira el saludo, eso nos ocurre a muchos. Por otro lado, considero que esa «leve insatisfacción» que nos deja la literatura, no tiene por qué ser algo malo; significa que no lo hemos dicho todo, que aún quedan resquicios por explorar, que vamos a seguir escribiendo.
Plegaria para pirómanos ha sido un libro cocinado a fuego lento, a lo largo de más o menos una década. Sus primeros esbozos datan del final de la gira de promoción de Técnicas de iluminación, hacia 2014. Comenzaron siendo piezas sueltas e independientes, como en mis anteriores libros de relatos, pero al segundo o tercer cuento ya percibí que había una voz común que podía servir de nexo entre ellos. Ese fue el punto de inflexión; a partir de ahí ya trabajé con la idea de totalidad en la cabeza, pensando en el libro como un todo, y en los diferentes cuentos como «capítulos» de una vida, si bien me esforcé por que mantuviesen un valor propio. Una vez fijado el tono, la «música», el resto fue lo más simple: trabajo, trabajo y trabajo.

«Me preocuparía escribir igual a los veinte años que a los sesenta: entre ambas edades, para empezar, se interpone una biblioteca entera»

S. B.― Si en Velocidad de los jardines (1992) reclamabas un terreno propio, en Parpadeos (2006) terminabas de levantar en él tu casa y en Técnicas de iluminación (2013) nos enseñabas a mirarla ―por dentro y por fuera―, en Plegaria para pirómanos parece que le prendes fuego para después jugar con sus cenizas. ¿Qué hay de ligazón y qué de ruptura en este libro con tu trayectoria como escritor?

E. T.― Es difícil decirlo. Veo todos mis libros, del primero al último, incluido el ensayo, interconectados, como si formasen parte de una sola película, que acabará cuando mi tiempo se agote. Unos títulos complementan a otros. No advierto grandes rupturas. Lo que sí hay, como es lógico, es la evolución natural de cualquier ser humano. Me preocuparía escribir igual a los veinte años que a los sesenta: entre ambas edades, para empezar, se interpone una biblioteca entera. En todo ese tiempo se producen hallazgos, vuelcos, desplazamientos de tierras, adquisiciones de experiencias y lecturas que van depositándose en esa especie de capa freática que conforma quiénes somos y para qué. Con los años, he perdido explosividad juvenil y ganado –así lo espero– hondura y precisión. En mis primeros escritos bullía una energía un poco desbordada, ansiosa, que la madurez ha ido decantando.
Otra diferencia es que antes veía mis libros como proyectos cerrados, estancos: se publicaban y me olvidaba de ellos. A otra cosa. Mis últimos libros, en cambio, los veo más bien como proyectos abiertos, incompletos, susceptibles de ampliarse: no descarto revisitar Herido leve, si se presenta la oportunidad para ello; nada me gustaría más que expandir «Zoótropo»; y tengo la sensación todavía vaga― de que Erizo aún no ha dicho su última palabra; quién sabe.

S. B.― Como dicen que dijo la gran Sara Gallardo, «escribir es un oficio absurdo y heroico», y a veces la recepción de un libro, así se haya volcado en él quien lo escribió, escapa a toda lógica. Pienso por ejemplo en el mencionado Parpadeos, que parece el hermano menor de la familia Tizón para el público o la crítica, cuando contiene cuentos tan memorables como «Pájaro llanto». Dándole la vuelta al guante, ¿tienes tus lectores de cabecera, otros colegas escritores o uno ideal con el que sientas que tu escritura se completa?

E. T.― Es cierto que Parpadeos ha quedado un tanto relegado con respecto a mis otros tres libros de cuentos. Supongo que no era su momento. Bueno, ya llegará, tarde o temprano. Si algo tengo, es paciencia. Algún día habrá que recuperarlo ―igual que mis tres novelas, inencontrables― y entonces se verá si algo ha cambiado o no. Estoy de acuerdo contigo en que la recepción de un libro es algo misterioso: posee sus propias variables sin control, imposibles de predecir. El momento en que aparece un libro, en mi opinión, influye mucho en cómo es recibido; seis meses antes o después, ya no es lo mismo. 
Por supuesto que tengo mis lectores de cabecera; es una bendición que no seamos islas, sino archipiélagos interconectados. Considero que nuestros escritos forman parte de una conversación entre amigos. Gracias a ese diálogo cuento con una constelación de cómplices que, como tú expresas de manera hermosa, me completan. En primer lugar, mi editor, Juan Casamayor y mi hermano de tinta, Andrés Neuman, en quienes deposito una confianza ciega: ellos son mis primeros lectores y concedo a su opinión valor de ley. Además de ellos, un círculo de amigos: Daniel Monedero, Emma Prieto, María Codes, Isabel Cañelles… Es algo que va más allá de lo literario y pulsa una fibra íntima, humana. También, en otro plano, concedo mucha importancia a las palabras de mi hermana Rocío y de Vanessa, mi pareja, ambas poseedoras de gran sensibilidad literaria. Puede decirse que todos ellos conforman mi red de seguridad.

«Me reafirmo en que la vieja escolástica no funciona a la hora de aprehender los cuentos actuales; que necesitamos instrumentos más sutiles y refinados»

S. B.― Has teorizado en varias ocasiones sobre lo que llamas el «postcuento», una realidad alejada de las fórmulas encorsetadas y «de taller» en las que parecía haberse estancado el género, por lo menos en España y hasta finales de los años 90, pues la diversidad y la profusión de voces en América Latina complica el escrutinio. Háblanos un poco de ello.

E. T.― Esto nace de una inquietud que me rondaba desde hacía tiempo, algunos años atrás. Notaba un divorcio creciente entre por un lado gran parte de la teoría literaria y las reseñas en suplementos culturales, todavía estancados en un modelo de cuento muy ortodoxo y estereotipado, como de los años cincuenta, por decir algo, y por otro lado la práctica real de la escritura, mucho más salvaje y libre, que observaba en mí mismo, en la lectura de otros colegas o en alumnos de talleres. No se parecían en nada. La teoría tradicional continuaba repitiendo la misma cantinela desde hacía décadas y parecía referirse a un modelo de cuento ya extinguido, como los diplodocus, y seguía aplicando sobre textos vivos un bisturí sin filo. 
Mi intervención de entonces, que fue sobre todo una pregunta lanzada al aire, nada más, era si no habría algo en la cuentística actual que se nos estaba escapando. ¿Seguían sirviendo todavía las viejas nociones heredadas de Poe acerca de la unidad de sentido, la coherencia psicológica de los personajes, la obligatoriedad del conflicto para que exista un cambio o mudanza en el personaje, etcétera? ¿O estábamos ante una especie zoológica todavía sin clasificar, que sobrepasaba esas etiquetas, las desafiaba y suponía, por tanto, el relevo hacia un nuevo paradigma en la narrativa breve? Me parecía una pregunta pertinente; que conste que mi intención no era que me diesen la razón, sino abrir un debate en el que pudiéramos dialogar en torno a la cuentística. Pues no. Ese debate, me temo, no fue posible. Las opiniones se polarizaron, hubo quien se sintió atacado o me culpó de algo y todo quedó en una reyerta de bar. El tiempo ha pasado y yo me reafirmo en que la vieja escolástica no funciona a la hora de aprehender los cuentos actuales; que necesitamos instrumentos más sutiles y refinados. El debate, en algún momento, nos guste más o menos, habrá de retomarse. Lo espero.

S. B.― En todos tus libros de relatos asoma de un modo u otro la deuda con los maestros latinoamericanos del cuento, en especial con Cortázar, Onetti o Felisberto, pero tengo la sensación de que en Plegaria para pirómanos hay más de su curiosidad, de su irreverencia o de su afán liberador que de su melancolía, su pesimismo o su extrañamiento. O, por decirlo así, diría que la tristeza de Erizo es una tristeza creativa, vulnerable ante «la gran belleza» a pesar de todo, como una suerte de Jep Gambardella hispano.

E. T.― Ah, eso me encantaría, Jep Gambardella es un personaje estupendo y La gran belleza una película grandiosa. A Jep Gambardella lo vemos volver de las fiestas ―al amanecer, caminando defraudado y solo por las calles de una Roma fantasmagórica―, pero nunca lo vemos ir. Sin embargo, ir a la fiesta también es importante; no solo cómo termina, sino cómo empieza, los preparativos, con qué ropa nos vestimos, todo eso. Mi deuda con los autores que mencionas, además de otros, es evidente. Con todo, creo que, al final, de tus maestros, es mejor quedarte con su actitud de fondo que con sus tics verbales, que son lo más superficial y fácil de imitar. Aquello que es fácil de imitar, suele ser lo más epidérmico de un autor. Filtrado eso, lo que los clásicos nos enseñan es una permanente incitación a saltar, a desprendernos de nuestros miedos y corazas, a ser valientes. Con eso me quedo, por encima de todo lo demás: con sus lecciones de abismo.

S. B.― En Maguey tenemos vocación de ingenieros de puentes y caminos entre las dos orillas de nuestra lengua. Guillermo Fadanelli, nuestro primer entrevistado y un autor muy celebrado en México, publicó en Anagrama hace tiempo, pero es casi un desconocido en España. Tú eres un cuentista muy querido y leído en España, donde te ha ido mucho mejor con la independiente y militante Páginas de Espuma, pero me consta que en México, por ejemplo, no te conocen demasiado. Siento incomodar ―o no―, pero, más allá de la experiencia propia, ¿cómo crees que podrían salvarse estas distancias?

E. T.― No me incomodas en absoluto. Soy consciente de que mis libros tienen una circulación restringida en Latinoamérica. Lo comprobé personalmente en un viaje a Buenos Aires, cuando apenas encontré rastro de ellos en sus principales ―y maravillosas― librerías. Y lo mismo en México, Colombia y Perú. Eso supone una lección de humildad que te coloca en tu sitio, alejado de los centros de poder. También me apena, claro, porque la literatura latinoamericana ha sido y es muy importante para mí, e intuyo ―puedo estar equivocado― que mis libros dialogarían bien con los suyos. Ahora está previsto que salga una selección de mis cuentos en la editorial Marciana, dirigida por dos jóvenes autores y editores argentinos, Manu Álvarez y Denis Fernández, que es un proyecto que me ilusiona mucho. Ese viaje de ida y vuelta, con su diálogo entre las dos orillas, me parece crucial, enriquecedor y que nos beneficia a todos, al limpiarnos de localismos y ofrecernos una perspectiva más amplia. ¿Cómo fomentarlo? Las editoriales tienen una responsabilidad grande, sirviendo de puentes de comunicación entre autores, y también revistas ambiciosas como esta, que es una aventura hermosa a la que deseo la mejor de las suertes: larga vida a Maguey. Las ferias del libro y los viajes individuales también contribuyen a salvar distancias, ponernos en contexto, ofreciendo la posibilidad del intercambio; así he podido conocer y disfrutar de la amistad con escritores de Perú como Julio César Zavala, Ricardo Sumalavia y Kathy Serrano; con el colombiano Andrés Mauricio Muñoz; con el uruguayo Jaime Clara; o con argentinos como Fernanda García Lao, María Negroni y Santiago Craig, un talento que debería estar reconocido y editado en España y que no me canso de recomendar: publíquenlo pronto, por favor.

«Las fronteras entre géneros son mucho más difusas y permeables de lo que solemos pensar»

S. B.― Además de tres novelas entre 1995 y 2004, en 2019 diste a imprenta el ensayo Herido leve. De esos «treinta años de memoria lectora» uno toma nota de tres cosas: cierta sorpresa por el hecho de que ―con una prosa como la tuya― nunca volvieras a publicar poesía después de La página amenazada (1984), tu generosidad con autores más o menos noveles y tu permeabilidad como emisor y receptor a otros lenguajes, no sólo literarios, como el arte, el cine o la música. ¿En qué formas y préstamos caló en Plegaria para pirómanos todo ese combustible? Pienso, por ejemplo, en el relato «Dichosos los ojos» o el homenaje final a Leonard Cohen.

E. T.― Gracias por tus palabras. Disfruté mucho escribiendo Herido leve. De entre todos mis libros, ha sido el que más placer me ha producido. El único inconveniente fue parar de escribirlo; si por mí fuese, seguiría escribiendo Herido leve hasta en la residencia de ancianos. Dado que la literatura es inagotable, un libro sobre literatura también lo es. Infinito. Estoy seguro, como dices, de que la experiencia de Herido leve ha dejado su huella en mi ficción. Un cuento como «Grafía», por ejemplo, la pieza que abre Plegaria que has mencionado antes, sería imposible de escribir sin haber atravesado antes todo el largo laberinto del ensayo. Para mí, «Grafía» es justo la bisagra entre el ensayo y la ficción. Tiene ingredientes de ambos géneros: un cuento cuya materia es la propia literatura, que transcurre en una biblioteca, concebido como un mosaico de citas, y citas de citas, representa el vaso comunicante entre los dos géneros.
Que a un escritor le interesen otras manifestaciones artísticas ―cine, música, pintura, cómic…― debería ser la norma y no la excepción. Si resulta llamativo, es que ocurre algo inusual. Debemos ser receptivos y estar abiertos a los hallazgos de otras disciplinas, vengan de donde vengan, contentos de esa contaminación. Concibo la cultura, no como acumulación enciclopédica de saberes, sino más bien como la capacidad de poner en relación autores y obras en apariencia distantes. Quien tiene esa capacidad de alumbrarnos, para mí, es alguien que merece el calificativo de culto.
En lo que me vas a permitir que disienta contigo es en el tema de la poesía. Es una pregunta recurrente. Sin embargo, en lo que a mí respecta, sigo publicando poemas. Pues considero que la poesía no es algo que dependa de una determinada disposición tipográfica en la página, sino de la mirada del escritor. Ese texto que tú mencionas, «Dichosos los ojos», y que no me atrevería a llamar cuento, para mí no lo es, invita a ser leído en clave poética, por más que la disposición de las frases y los párrafos en la página coincida con la de la prosa. ¿Colocados de otra forma, sí sería poesía? Esa distinción me parece un poco forzada. ¿La poesía entonces es solo una cuestión de diseño, de maquetación? No lo creo. La prueba la tienes en que hay novelas poéticas y poemarios que no lo son. El pacto de lectura siempre puede renegociarse y abordarse desde otros ángulos. Las fronteras entre géneros son mucho más difusas y permeables de lo que solemos pensar, y me parece bien.

«Hay que luchar y esforzarse por conservar limpia al menos una parte de nuestra mirada, preservar una mente capaz de asombrarse y celebrar, pese a los inconvenientes, el prodigio y la belleza»

S. B.― Algo que resulta inspirador en tu Plegaria es precisamente la fe. Me refiero a que, cuarenta años y diez libros después, a pesar del desencanto y de las heridas no siempre leves de la existencia, mantienes intacta tu capacidad para el asombro y la epifanía literaria, es decir, cierta búsqueda que trasciende lo intelectual. ¿Cómo has conseguido que no se te ensucie ni se gaste la mirada?

E. T.― Has dado con la palabra clave: fe. No imaginas cuánto te lo agradezco, Sergi. Sostener un proyecto literario propio a largo plazo, fuera de las grandes ventas y los premios millonarios, con las inevitables decepciones inherentes a cualquier biografía, tú lo sabes, solo es posible con una ingente cantidad de fe. ¿De qué fondo surge esta fe? Eso es complicado decirlo. Me parece que no crearte falsas expectativas con respecto al terreno que pisas, ayuda bastante. Desde el principio supe que esto sería una carrera de fondo, no un sprint, y me preparé mentalmente para ello. Asumí que mis libros iban a ser periféricos ―como en efecto lo han sido―, y decidí aprovechar y comprometerme con la ventaja de ese espacio de libertad que te brinda no ser la reina del baile. Gracias a ello, desde mi esquinita, he logrado escribir sin presiones los libros que he necesitado; también, lo reconozco, he tenido la inmensa suerte de contar con el apoyo de editores que me lo han permitido. Sin ellos, nada hubiese sido igual. Eso, más un puñado de lectores fieles, han obrado el milagro de una trayectoria larga. Muchos abandonan antes, desmoralizados, y no los culpo. Es esencial mantenerte curioso, abierto de mente, sin perder el sentido del humor para no tomarte demasiado en serio, y sobre todo alejarse de la tentación del cinismo y de esa sensación de «estar de vuelta de todo», que es la tumba del cerebro. O todavía peor: instalarte en el victimismo de la queja continua y la injusticia, como si el mundo te debiese algo. Y no, ni el mundo es justo ni nos debe nada a nadie. Creo que no compararte con los demás es esencial para mantener cierta cordura y un nivel de felicidad razonable; supone una gran ayuda para librarte de la envidia y no creerte más ―ni menos― que nadie. Es un trabajo diario: hay que luchar y esforzarse por conservar limpia al menos una parte de nuestra mirada, preservar una mente capaz de asombrarse y celebrar, pese a los inconvenientes, el prodigio y la belleza. Sí, todo eso cabe resumirlo en una sola palabra. Fe.

S. B.― A pesar de los vasos comunicantes y del juego fónico-simbólico con el tal Erizo ―su armadura de púas para defenderse del mundo quizá sea la de cualquier otro poeta, artista o humano sensible en estos tiempos extraños―, has elaborado un personaje escurridizo que a veces toma la palabra y otras se deja contar, pero que no es, o no del todo, Eloy Tizón. Casi como si tus propios Álvaro de Campos, Ricardo Reis y Alberto Caeiro asomaran la cabeza a ratos entre pirómanos.

E. T.― El gran Pessoa. Qué más quisiera yo. «Me duelen la cabeza y el universo». No, no creo que mi ambición vuele tan alto. Pessoa es un cometa inalcanzable. En todo caso, gran parte de la culpa de que esta Plegaria exista se debe precisamente a Erizo. Su aparición me convenció de que podía tener un nuevo libro entre manos. El detonante fue el deseo de plasmar una biografía rota, con muchos huecos por donde circulasen la luz y el aire, las ruinas de una novela ―a base de suprimir las fases de transición y los conectores entre episodios―, que me permitiese acercarme y alejarme del personaje, que nunca llega a alcanzar una consistencia sólida. Erizo es uno y múltiple, se desdobla, mezcla voces, y ese barullo de persona a mí me viene muy bien para narrar y plantear preguntas sobre la identidad o su falta. Es un personaje medio hecho, sin acabar de dibujar del todo, con las manos y el pelo borrados. Sobre su semejanza conmigo, me siento identificado con lo que dijo Héctor Bianciotti en una entrevista, quien reconoció que su libro era «profundamente autobiográfico, pero solo profundamente». En ese juego entre la densidad y la ligereza, me reconozco.

«Sostener un proyecto literario propio a largo plazo […] solo es posible con una ingente cantidad de fe»

S. B.― En el cuento ―y la página― que cierra tu Plegaria, «Confirmación del susurro», resuena «Cuando empiezas a escribir un libro, eres un niño; cuando acabas, un adulto». Si leemos toda tu obra como la larga partitura de un adagio sostenuto, ¿quién eras al comenzar aquella Velocidad y quién eres hoy, tras publicar los nueve relatos de esta oración?

E. T.― Ojalá lo supiese. Es toda mi vida encapsulada en unos cuantos libros; en unos pocos instantes. Sé que empecé a emborronar papeles en la adolescencia, por probar, casi como un juego, y al cabo de un tiempo fue la escritura la que jugó conmigo; y ya no he podido ni querido parar. El que era entonces y el que soy ahora, el joven y el viejo, de algún modo, se las han arreglado para darse la mano, conspirar a mis espaldas y teledirigir mi vida, que ha estado dominada por el vértigo del lenguaje y la emoción de las palabras. ¿Eso es bueno o es malo? No sabría decirte. Es imposible imaginar qué vida hubiese llevado sin la presencia ―arrolladora― de la literatura. Quizá hubiese sido una vida mejor o más tranquila, no lo descarto. La literatura me ha traído el amor y los amigos, nada menos. Así que puestos a elegir entre la placidez de una vida simple y la taquicardia de la creación, está claro cuál ha sido mi apuesta.

S. B.― Ya en la penúltima frase del cuento y del libro, «Guardo silencio. No quiero morirme en voz alta» parece una declaración de intenciones vicaria que liga bastante con tu discreta manera de conducirte en el, a menudo, complicado y ruidoso ambiente literario. ¿Te vas a dejar de hablar con la ficción, Eloy? Porque, parafraseando a nuestro querido poeta canadiense, «Hey, that would be no way to say goodbye».

E. T.― Confío en que no. Espero tener aún alguna carta más por escribir. La ficción sigue tentándome muchísimo; aunque, claro está, nunca puedes tener la certeza de que vaya a haber nuevos libros. Es todo tan fortuito y hay tantos factores en juego que ¡cualquiera sabe! Si eso llegase a suceder, tampoco habría que hacer ningún drama.
Durante la presentación madrileña de su poemario Isla con madre, junto a Mario Obrero, escuché decir a Andrés Neuman que, en el arte de la vida, hay dos gestos fundamentales: saber dar la bienvenida y saber decir adiós. Casi todo, afirmó Andrés, es un ritual de bienvenida o de despedida; no hay mucho más que eso. En este punto volvemos a coincidir con nuestro añorado Jep Gambardella: tan elegante es saber cuándo despedirte de la fiesta como cuándo hacer acto de presencia. En medio de este aprendizaje eterno de apariciones y desapariciones, sigo intentándolo con buen ánimo y sin rendirme.

Foto: © Julián Rus García.